Fin del camino. Alcanzamos la Kutubía y a la plaza de todas las palabras

Oteamos el último puerto desde el mar de olivos que circunda Tamelelt. A babor se dibujan los picos nevados del Alto Atlas bajo un cielo despejado que va templándonos tras una noche desértica, al calor de la lana tejida de la jaima, en donde anoche nos honraron con músicos bereberes y la pastela de grandes celebraciones y enlaces.

Noche de nómadas, camino de La Ciudad Roja, de la Sevilla marroquí que se antoja ahora cercana y lejana a la vez. La hoguera en el campamento para contar a su amparo los sentires y lecciones de vida que nos ha deparado la senda de las tres torres.

Redescubrimos nuestra condición de viajeros y caminantes, de eternos alumnos de mente abierta a otras formas de ser y estar. Así se respira esta mañana de miércoles, tras diez días de navegación, en el especial entusiasmo de quienes se calzan su esperanza verde manzana sobre la bicicleta.

Por delante, los sesenta kilómetros que nos acercarán Marrakech laten en el desayuno, con cierto alivio, a pesar del cansancio que se acumula bajo la sonrisa y la piel dorada por el sol y el viento.

dibujo

Vamos dejando a estribor campos de olivos, una tierra cada vez más roja, los primeros y sorprendentes cubiles por donde la gente transita, adornada de rojos y azules, a esa hora en que los niños marchan a la escuela y las mujeres sacan a sus terrazas, tan fenicias, tan ancestrales, tan auténticas como todo lo que nos llevamos ya para siempre pegado como el “pericardio al corazón” que cantó Ibn Zaydun.

En el primer avituallamiento, en Rhamna, nos sentimos observados desde las minúsculas ventanas abiertas al adobe más puro del Alto Atlas, esta tierra de contrastes, en donde el barro se adorna con ropajes de colores estridentes, tendederos al aire de noviembre y hombres azules, ascendiendo por la nada de la tierra volcánica que anuncia los orígenes ancestrales del Atlas.

Accedemos a nuestra tercera torre almohade, a través de El Palmeral y los muros que cintillan olivos, jazmines, buganvillas, rosas, naranjos, aldelfas. Ya se adivina en los humildes alminares que jalonan nuestro camino, el más grande de los almohades.

dibujo-2

Casi podemos besar la magia de Jamaa el-Fna. Su plaza única de nombres diversos, tiene hoy la acepción de uno de sus adoradores más fervientes: La plaza de las palabras que recreó tantas veces Juan Goytisolo. Hoy, ese concepto sobrevuela el cielo de Marrakech, el verde de nuestra caravana, la épica de quienes lo componen.

Abrazos y vítores, emociones y miradas de los que ya nunca más serán ajenos, porque han navegado juntos, y no siempre viento en popa, en pos de una empresa común que arriba al mejor de los puertos con viento favorable a esta actitud que nos permite arribar a buen puerto.

Decenas de banderas de colores y pieles distintas nos reciben a la sombra de la gran plaza en una ciudad que en estos días extiende condición de espacio de concordia por los cinco continentes.

Matilde Cabello y Antonio Míguez.

Bitácoras

Jorge Arranz.

Ilustrador.

dibujo-1


Singladura entre los lagos hacia la noche en la jaima

 

En el octavo día de navegación nos despedimos una vez más de los añiles: del intenso azul oscuro que nos ofreció el asombroso anochecer en el lago de Bin el Ouidane, con la luna grande pintándose en sus aguas, y del celeste angelical del amanecer.

El silencio casi duele de tan intenso e inusual, cuando la luz tímida cae sobre el paisaje de la kasba. Sobre la reja del balcón se posan pajarillos multicolores que parecen competir, como los antiguos troveros, a replicarse en los cantos. En el comedor huele a tortas de harina recién hecha y a miel fresca. Un gorrioncillo quiere participar de nuestro desayuno, saltando entre los vasos de té y el pan caliente, mientras los comensales lo observan con toda naturalidad. Es la interrelación naturaleza-hombre en el corazón de este país, donde los gatos pueden acariciar nuestros tobillos mientras disfrutamos de una cena de bienvenida con vajilla de gala y delicado cristal.

jorge-02

Navegamos por el camino de Dennte entre tierra y hogares rosa palo que toman su color de arena y cal. Otras veces, el ocre de las viviendas apenas distingue su perfil por entre la maleza, las ramas de los olivos viejos y las planteras de los recién sembrados.

Los hornos de adobe humean a las puertas de las kasbas y entre las hojas brillantes, los chaparros y los cardos, se alinean las colmenas, intermitentes. Abejas madre por quienes los hombres no se inquietan aún, porque su polen aquí se expande limpio como el aire, igual que corren libres los niños, los burrillos enanos, los camaleones y las ovejas desnudas, cuya lana se tiñe de rojo, para cubrir el suelo y el cuerpo por igual, una vez tejidas.

Tierra de bereberes, acogedores cuando la embajada es de paz. No podemos dejar de pensar en Braudel y su secreto para la felicidad de los pueblos. “Techo, abrigo y comida”, sus tres premisas en esta gente incontaminada del vicio de poseer.

jorge-01

Intermitentemente pequeños grupos de niños y niñas reciben clases bajo los olivares  mientras los mayores varean. Es tiempo de recolectar y de cambiar los conceptos de antaño, cuando los marroquíes del interior rehuían las fotos. Ahora, responden a nuestras cámaras alzando su teléfono móvil.

De nuevo en la carretera, una legión de gorriones se alborota ante la llegada de los ciclistas, formando una nube negra que nos ciega durante un instante. Ya disipada, podemos apreciar lo multicolor del campamento de jaimas contorsionándose en un tórrido zigzagueo, capricho de las altas temperaturas, con el mustio ocre del paisaje como trasfondo.

Última encrucijada de descanso, solaz en el desierto, ahora, solo nos queda la luz de una hoguera que promete relatario de cuentos bereberes.

 

 

Matilde Cabello y Antonio Míguez.  

Bitácoras

Jorge Arranz.

Ilustrador.

jorge-04


Por la ruta de las Kasbas, los lagos azules y la luna llena

Al zarpar de Khouribga parecía como si las fragancias a almizcle y especias que mecen la Kutubía ya nos envolviesen. Sugestión de ensueño, promesas de retos conseguidos, se difuminan como el humo de una pipa en el techo de una laiterie, al sumergirnos de pleno en el Marruecos más inhóspito. Sus venas y arterias las forman carreteras secundarias flanqueadas por viviendas de estética wild west. Coches son caravanas, ciclistas, jinetes. Sergio Leone grita: ¡corten! Y le hacemos caso.

La primera tregua a los gemelos de nuestra lengua color verde manzana acaece en un mar de tierra agrietada, cactus y espinos. Espejismo del África negra, también valdría para Uganda o Congo. Dos olivos comidos por la distancia en diálogo mudo ahuyentan la soledad del paisaje, que palidece a la sombra del Alto Atlas. Nuestra mente empieza a volar, y soñamos con la inmensa columna vertebral del titán griego, que dormita bajo la tierra en amenaza de interrumpir su milenario descanso.

Los mercados comienzan a despertarse al día, parsimoniosamente, sin estridencias, siguiendo la premisa de este pueblo ancestral y sabio: “Prisa mata, amiga”.

bin-el-ouidane-006

Tras el avituallamiento de mediodía, hay una línea claramente marcada entre el horizonte verde oscuro y la aridez que nos escolta, rota sólo por el multicolor de las mujeres y los niños, de las motocicletas multiplazas y las fachadas amarillas, azules o rosas de cuyos balcones cuelgan ya las mantas y alfombras bereberes que arroparon los sueños y el frío de la última noche sobre el Medio Atlas.

A uno y otro lado van quedando las aldeas, pequeños oasis rojizos como la tierra que nos envuelve, ajenos al humo y la polución. Perfecta comunión hombre-tierra, ambos recostados sobre un fondo con flora de mil verdes dispares que se funde y confunde con el de nuestra caravana.

Manojos gigantescos de coníferas y matorral abriéndose paso entre las rocas. Carretera sinuosa, escarpada y mínima, serpenteante sobre los barrancos. Tal vez el puerto más duro para nuestros marinos en busca de El Dorado o de cielo limpio. Hoy, entre todos ellos, reina la sonrisa fascinante de nuestra Mónica, la que no rompe ningún imprevisto, ni siquiera la parada forzosa que provoca una grúa en pleno ascenso. En torno ella, se despliega uno de los enigmas marroquíes más difíciles de dilucidar: la presencia repentina de una multitud, como salida de la nada, ahora observando el rescate del un vehículo accidentado. Nos sentamos a mirar como ellos, aprendiendo de su concepto de tiempo y espacio. Todo se impregna de paz. Retomamos el camino, con nuestras chicas y chicos de prensa a popa. Antonio, Adela y Vanesa ponen a prueba -hoy más que nunca- el difícil equilibrio entre conexiones, teclados, prisas de cierre de edición y redacción. Omar, al timón, por la ruta de las kasbas, nos hace sentir sobre un mar en calma, ajenos a los más de dos mil metros del monte Tassemit que ya sugieren los impresionantes desfiladeros.

Un olor a plantas aromáticas invade el aire de Bin el Ouidane, más allá de la presa que antecede a su lago azul. Todo es silencio, trinar de pájaros y risas de niños jugando libres. Azules de agua y cielo, rojo de buganvillas y rosas,  muros rojizos de la kasba y plata de  luna llena.

Si existe el paraíso, ésta debe ser su antesala o su copia oculta.

Matilde Cabello y Antonio Míguez.  

Bitácoras

Jorge Arranz.

Ilustrador.

bin-el-ouidane-008


Surcando el Atlas Medio entre puertos y cazadores de serpientes

Zarpamos de Rabat con las pupilas llenas de colores y contrastes y las emociones a flor de piel. La acogida, en la segunda torre hermana de la ruta, no podía haber tenido mejor marco. Entre el mausoleo de Mohamed V y la atalaya de Hasán, palabras en francés, español y árabe conformaron la mixtura de la concordia. Saludos de acogida, abrazos fraternales y la llave de la ciudad que anuncia el meridiano de nuestra travesía.

Con la quinta oración, cuando el sol empieza a languidecer, el vertido de un reconfortante té nos hace sentirnos, aún más, en casa. El debate de hoy se desarrolla entre los muros del Instituto Cervantes de Rabat, entre imágenes de playas azules y grandes del flamenco retratados en momentos sublimes. En el horizonte, el territorio siempre inexplorado del Medio Atlas. El de los zaïanes de los campos libres, que nunca se plegaron a normas y vallas, será la prolongación salvaje del último barrio de Rabat, con sus setos recortados, los palacetes que añoran almunias, la arquitectura del XXI de las embajadas y el inabordable Palacio Real. Luego, todo seguirá un proceso natural desde las buganvillas, las celestinas o los palmerales, hasta la frondosidad que nos acerca a la Iberia frondosa de Herodoto.

khourigba-033

Montañas y mesetas, campos recién arados de tierras rojas y nuestro Antxon dibujándose en el horizonte cámara en mano, a la misma velocidad que los ciclistas. Jornada especialmente dura. Los ánimos de nuestros deportistas, el vigor de sus gemelos y la cercanía, casi acariciable, de la “plaza roja de las palabras”.

La franja verde serpentea hacia Rommani por sinuosas vías secundarias de interior y antes de llegar a la tierra quebrada, deja a la derecha una visión admirable. Y cuando decenas de kilómetros nos separan de La Fortaleza Victoriosa, atisbamos a un grupo de pastores enhiestos sobre un risco, vigilantes, que destacaban sobremanera en un entorno donde parecía haber nada. Y allí, se hallaron inmóviles hasta que los perdimos de vista, manteniendo un diálogo profundo con la tierra, inasible y admirable, para los amenazados por el fuste metálico de la modernidad.

El avituallamiento nos deparó el primer buqué marroquí con higo y frutos secos.

khourigba-034

Un páramo. A fondo de plano, la minúscula villa de casas multicolores y baja estatura quedaba muy lejos, demasiado, para romper la sincronía con el campo. En plano medio, la soledad de una portería oxidada era quebrada por el almuerzo de dos burritos, que acudían, parsimoniosos, a dar cuenta de los matojos que ejercían como punto de penalti. El meta-plano secuencia se completa con nuestro fotógrafo Francis Tsang, reflexiones zen, quien raptó un momento, ahora holgado hasta el siempre, que nos susurraba “qué cerca estamos de casa”.

Matilde Cabello y Antonio Míguez.       

Bitácoras

Jorge Arranz.

Ilustrador.

khourigba-036


Torre Hasán, navegando a remo si hay que reducir paño

Tras el recogimiento de la última oración del viernes, los tonos intensos de la voz del almuédano dieron paso a un sonido de fiesta que se introducía hasta los últimos rincones del hotel Aymén. Era la misma música de kont-fi-sirtak que nos acompaña durante todas las travesías por el norte de África, en perfecta sintonía con el pedalear de nuestros, ya cansados, ciclistas.

Ponemos rumbo al sur con vientos de interior en los campos que llevan a Kenitra. Allí, vuelven los verdes multicolores con fondo de caliza y tierra peinada de surcos que acoge el primer alto del camino. Sobran las sudaderas verdes manzana y las ganas de arribar a orillas de Rabat.

Una jornada más, la mar nos será propicia, cuando oteemos sus costas.

rabat-011

A ambos lados del camino, aparecen de cuando en cuando bosques de eucaliptos y de sat sat, los montones de granadas, aguacates, dátiles o fresas; los ropajes de colores, los primeros puestos de barro, preámbulo ya de las fábricas de Salé (La Cartuja de Marruecos) y los delicados expositores de Fez.

Rumian los pequeños borriquillos, las humildes mulas retozan y se muestra soberbiamente estilizado algún caballo de estampa árabe. Carromatos cargados de tubérculos frescos y corderos descabezados colgados en las carnicerías. Todo es brillante y fresco, como el momento en que zarpamos, antes de que el calor se vertiera sobre una mañana de noviembre que juega a ser julio. En Sidi Taibi hay bosques de encinas y alcornoques y el oasis de una jaima donde reponer fuerzas hasta Rabat.

Las murallas de Salé la Blanca, se derraman hasta el rio Abu Raqraq “el centelleante” que la separa de Rabat, donde reina el verde vidriado coronando el ocre de las murallas, de la torre y la alcazaba de los Udaya.

Cruzamos el último puente que despide la medina de adobe del pequeño pueblo, antesala de la capital administrativa de Marruecos, con la cúspide del mausoleo y la torre Hasán alzándose sobre todos los edificios visibles. En aquella explanada cuatrocientas piernas de piedra se yerguen en rededor de la torre a medias, con el Atlántico y el cielo fusionándose en la trastienda como uno solo. Acudió a redondear la estampa el salat, o llamamiento a la oración, tan lastimero como enjuiciador, aunque al tiempo, de un misticismo insólito y hechicero.

A la salida, un marco de todas las aguas posibles envuelve a las dos ciudades, entre el meandro del río que en el XIX surcaban las barcazas y el océano inmensamente azul en este lado de África.

Matilde Cabello y Antonio Míguez.       

Bitácoras

Jorge Arranz.

Ilustrador.

rabat-009


Saludos y sonrisas niñas a una nave verde esperanza

Larache la marinera se despereza. Desde el Hotel España, la bandera roja de verde estrella anuncia un viento suave de poniente sobre un fondo de palmeras que parecen jugar al corro ante la puerta de su zoco íntimo. Hoy, más de un navegante renuncia al desayuno reposado para adentrarse en el mercado y dejarse sorprender por sus azules y por el ir y venir de los vendedores.

La mar casi puede tocarse entre una cal mustia de óxido y el pedregal marino. La ciudad toda se ha vestido con su añil más cegador, para despedir a nuestros pilotos. Una brisa salina se confunde con aromas a café y jeringos, reminiscencias del protectorado, latente en la palabra, el urbanismo y la sincronía humana.

_mg_5751

Para Jon, nuestro guía-ángel sanador, es día de repartir calmantes y espray. La dureza de la singladura anterior ha hecho sus pequeños estragos y restan 142 kilómetros de navegación hasta arribar Sidi Slimane. Pero en la plaza de España reina la alegría, la resolución y las sonrisas de nuestros ciclistas, como cada mañana.

A la salida, grupos de niños, camino del colegio, nos ofrecen los primeros saludos bulliciosos del día, que no cesarán en toda la jornada. En los cementerios poblados y en las chilabas blancas, se adivina el viernes sagrado de los musulmanes. Pronto, el paisaje tornará distinto a todo lo conocido: hombres con atuendos marrones sobre borricos diminutos, muchachos quietos contemplando el infinito, mujeres recolectando en el pequeño huerto la comida del día, alguna fuente enjalbegada con un número de teléfono poniendo a venta un pavo real. Armoniosa sintonía entre el ser y su espacio natural.

_mg_5753

Tierra libre, sin vallados, adentrándose en las vegas de Alcazalquivir, en el fértil valle de Lukus, que tanto halagara Alí Bey, el viajero romántico: “Luego que dejé lo alto, encontré muy adelantada la vegetación, la yerba de los prados muy crecida y abundancia de magníficas flores, cuyo conjunto presenta el más hermoso golpe de vista que los más soberbios arriates de los jardines de Europa….un terreno que me brindaba millones de plantas…”

En la frontera del vergel, hacemos un alto en el camino para reponer fuerzas y recrear los sentidos y las pupilas, con una comida de sabores y colores brillando al sol. A nuestro lado, picotean las gallinas y transitan, de cuando en cuando, camioncillos de tonos estridentes, como carruseles de feria con cenefas amarillas, rojas y verdes.

A cabotaje y entre dos orillas, la una nos ofrece tierras pardas, eucaliptos ya viejos y árboles adolescentes; la otra, plantaciones incipientes de naranjos y granadas, entre abetos y palmeras datileras. Tierra de regadío que nace a nuevos frutos y a la experimentación de sabores a estrenos, como el del aguacate.

Cuando nuestra caravana verde llega a su destino, la luna asoma por entre los altos edificios y las mezquitas llaman a la última oración del día. Y atrás quedaron decenas de Plateros que dejara sin cantar Juan Ramón Jiménez, en reposo a la calidez de mediodía, cuando el matiz sierra morena sucumbió al verde entusiasmado de los vergeles en Sidi Slimane. Entonces languidecemos. Los culpables, el cansancio amasado y el efecto sedante de la fragancia que nos tributan los cidros.

_mg_5757

El último recuerdo de la etapa mereció la pena. Jorge Arranz, desde la terraza del hotel Aymen, rapta el paisaje en papel canson, advirtiendo tres franjas de colores a distintas alturas; en primer lugar, el ocre de las viviendas bajas, casi aferradas al suelo; segundo, el aceitunado de los palmerales que las superaban; y tercero, el albo de los minaretes que dialogan con el cielo, recordando que mañana conquistaremos la segunda torre.

Disfrutar Sidi Slimane, un don del agua, a través de los ojos de un artista. Qué privilegio.

Matilde Cabello y Antonio Míguez.       

Bitácoras

Jorge Arranz.

Ilustrador.

_mg_5748


Bitácora 4: Jinetes beduinos y jinetes en bicicleta se abrazan en Tetuán

Navegando a suroeste, habíamos surcado el Estrecho con mar en calma. Arribamos a Tetuán cuando el almuédano había llamado a la última oración. En las miradas se dibujaba el asombro ante un encuentro, ahora a estreno, otrora de nostalgia y recuerdo y en todas, de cansancio.

Modales olvidados, protocolos exquisitos y bienvenidas con el primer té. Nada más cruzar los umbrales del hotel, entre macutos, equipaciones verdes y estiramientos de nuestros ciclistas, comienzan los primeros saludos. Apenas hay tiempo de cambiar sus culotes y mallas por un atuendo digno de la recepción que nos aguarda.

El escenario de embajadores en pos de un aire más limpio, nos retrotrae a las recreaciones alto-medievales de la ciudad califal. Brillos, cristales, teselas y atauriques resplandecen en la velada de este tercer día, que nos deparó una nueva perla de hermandad entre pueblos: el Atlético de Tetuán. Descendiente directo de héroes de la épica española como Pichichi o el Sabio de Hortaleza, campeonísimo de Marruecos, el Atleti de allende el Estrecho nos recibió dando un fraternal abrazo de hospitalidad, en forma de dulces de canela y brindis de yerbabuena. Siempre Club de Fútbol Amigo de los españoles, hoy, además, se compromete a inculcar valores ecologistas a los jóvenes integrantes de su cantera.

El equipo marca un gol por la escuadra al cambio climático.

Deporte y naturaleza. Esfuerzo y superación. Lenguaje universal, fútbol. Les decimos hasta siempre, ya de madrugada, recordando a algún viajero romántico: “La noche nos fue bellísima, serena y, sobre todo, muy tranquila”. No así el amanecer anticipado para más de un despistado que, a causa del cambio de hora, apareció en el hall con maleta en mano, casco y bicicleta, antes de las seis de la mañana.

Había que madrugar para trasladarse al colegio Virgen del Pilar de estética y lengua españolas. En los pasillos, orlas en blanco y negro de bachilleres desde los años treinta; en el salón de actos lleno hasta la bandera de niños participativos y entusiasmados con árboles, ardillas, pingüinos y un toro, cómo no cordobés, que nos dejó una autentica lección de primeros auxilios para el planeta.

Pintura y poesía pusieron el broche final en el Centro de Arte Moderno de Tetuán. Nos extasiamos frente al cuadro Fantasía desde la tienda de un beduino y la explicación de Bouzaid. Nuevamente, los  zenati, o jinetes de blanco, en una estampa que bien podría haber sido sacada de las laderas del monte de la novia de Al-Hakem II.

Poemas hispano-marroquíes en la casa que habitara Bertuchi, recreación de almunias, palacetes y jardines sacados de las Mil y una noches. Una burbuja intocable y pura que no se deja agredir por la sombra de la polución.

 

Matilde Cabello y Antonio Míguez.

BITÁCORAS.

Jorge Arranz.

ILUSTRADOR

jorge-002-copy


Un paraíso de viento de poniente y alminares

Vejer de la Frontera es una etapa más, el último puerto de interior andaluz al que arribamos antes de cruzar el puente de agua que une el sur de Europa con el norte de África. A la salida del pueblo todavía con la imagen imborrable de los edificios recortados en distintas alturas y los esteros brillando bajo un sol todavía tímido, los ciclistas se detienen para contemplarlo a lo lejos apenas finalizada la curva por la que desciende el camino hacia la mar. La travesía sabe a brisa marina de abrazo entre continentes, entre el Mediterráneo y el océano.

Se van dibujando al fondo los verdes como una reminiscencia rendida al paisaje frondoso de Grazalema todavía en la retina. Llegando al rio, jara, sobre las pilastras sin vanos, ruinosas, reposan las cigüeñas; aves siempre fieles a las leyendas de grata noticia que atesora Andalucía.

jorge-03

Al fondo las arenas de seda que bañan los oleajes de Tarifa. Arenas acariciadoras del estrecho forman un arcoíris de tonos verde manzana en hilera; el arcén es de un verde intenso, luego viene la tierra parda, la canela brillante y el marino sobre el que navegaremos. Ya se adivina África y sus perfiles.

El viento mueve palmeras enanas y quejigos, acariciando el bosque que se prolongará hasta las fronteras del Rif. En el mirador del Estrecho se mezclan la luz natural del cielo y el agua con las sonrisas alentadoras de nuestros deportistas, extasiados ante la visión infinita que encaran con la misma ilusión con que se abrazaron fraternalmente bajo la Giralda hace solo dos jornadas, como si sobre la calma de Heracles se hubiera desplegado un puente imaginario, la figura oscura del toro que jalona los caminos de la península se funde con el sueño de alcanzar las columnas del héroe griego.

Así llegamos hasta el interior del buque que nos llevará al otro lado del Peñón o Kalpe, la columna andaluza que enlaza con la de Musa al otro lado del Estrecho.

Antes de zarpar hay instantes de risas en la espera y halagos de quienes no van a pedal. Algunos no resisten la tentación de probar las bicicletas allí, en el mismo puerto.

Abordamos por fin la nave con un viento de poniente amigo. Dentro la mezcolanza de los rostros y los atuendos anuncia la hermandad. Ojos y pieles de diferentes tonos; atuendos dispares, lenguas diversas y absoluta unanimidad en las miradas, la de Carlos, Jorge, Mónica o Guillermo destilan el cansancio acumulado.

Todos a una. Tetuán, la “paloma blanca” aguarda con sus olores, con sus mezquitas y sus gentes tan del sur, tan únicas.

Matilde Cabello y Antonio Míguez

Ilustraciones: Jorge Arranz

jorge-02


Sinfonía de cal y molinos de viento

Ya en nuestra segunda singladura rumbo a Vejer, la tripulación encara con sonrisas los ocho grados del mirador de la Plaza del Cabildo, desde donde nos observan atentos los ojos de los búhos, como guardianes del mundo natural que creíamos de ayer. Surcamos los espacios que envuelven los Pueblos Blancos y su bosque mediterráneo.

Un paisaje de brumas, celestes, lapislázuli y verdes, inabordables, se enmarcan en el arco de cal de acceso al mirador que parece adivinar La Caleta, como anunciará el azul del embalse de Los Hurones su mar océana y sus emociones.

_mg_2465

En los rostros de nuestra tripulación se entrevé la huella de la primera jornada. En Guillermo, nuestro chicarrón del norte, o en Carlos que aguanta el tipo con elegancia mientras anima al resto con su dulce acento de ida y vuelta.

A lo lejos, las casas níveas de Arcos de la Frontera, antiguo limes del Reino Nazarí como susurra su nombre, parecen derramarse desde la cumbre de la serranía. Aún por encima de ellas, destaca otra edificación parduzca de planta rectangular, que por el contraste de colores y tamaños, no hace sino invitarnos a remontar las calles del pueblo y admirarla de cerca. En frente, la Basílica de Santa María de la Asunción; cristianísima de espíritu, berberisca en su traza, pues a las ya para nosotros archiconocidas tres torres hermanas, se les une otra pariente disfrazada de plateresco y de pináculos engalanada.

Navegamos por las orillas de Grazalema y Los Alcornocales, con un cielo surcado de aves y un suelo alfombrado de helechos, acebuches y musgo. Sobre las copas de las encinas, los robles y las lomas de sus pueblos, desbordantes de luz y cal, asemejan bandadas de gaviotas y velas desplegadas hacia el sur.

_mg_2471

De cuando en cuando, al final de los surcos labrados por la mano del hombre, pastan pacíficas ovejas, rumian las cabras y se asombran los ojos en un tiempo detenido. Vacas retintas y los toros rojos que describió Estrabón, el reino de Tartessos parece aquí posible, por encima de toda ciencia y arqueología.

Hay molinos de viento del XXI por Alcalá de los Gazules y Alonsos Quijanos por doquier en nuestra ruta. Como Don Paco, por los rompepiernas del camino de Benalup, con su mano amiga impulsando el pedaleo de una dulcinea de verde claro.

Arribamos a la plaza de Vejer y nos perdemos por entre callejas íntimas y silenciosas, en un paraíso blanco de cal y tamizado de azules.

Matilde Cabello y Antonio Míguez.

 


Una ola color manzana. Desde la Giralda a Arcos de la Frontera

Como una premonición de lo por venir, Las Tres Torres se nos revelan desde la planicie que es Sevilla, queriendo tocar el cielo siempre desde su Giralda. Esos sillares cenicientos que, de cuando en cuando, y sin saber por qué, se tornan rojizos ansiando recordar a sus iguales de Rabat y Marrakech.

La singladura del lunes 7 de noviembre se presenta con viento favorable y marineros animosos. Con ellos accedemos al Ayuntamiento subiendo las escaleras principales del edificio, coronadas por el cuadro La Paz de Wad-Ras de Domínguez Bécquer. Frente al lienzo.  Ya en la Sala Comedor nos vigilan figuras ilustres. Allí reina la universalidad.  Valientes extremeños como Hernán Cortés, bibliógrafos como Hernando Colón y sevillanos como Velázquez.  Y reina la riqueza de la mezcolanza, latente en las palabras de Martínez-Simancas, al decirse “subbético, de Rute, tetuaní de origen, y orgulloso de hablar un lenguaje que cuenta con diez mil palabras” fraguadas en andalusí.

_mg_1508_v2

Todo se ha llenado de verde manzana, como los jardines y los festones que escoltan las verjas de los palacetes románticos que nos dejó el veintinueve; han acompañado nuestros pasos y su pedaleo hasta la Casa Consistorial. A sus puertas, foto oficial y un paseo, siempre delicioso, por la antigua capital almohade.

Como vaticina Víctor, El Grande, “Sevilla pedaleará con nosotros, por la pluralidad y la diversidad, combatiendo contra el cambio climático”. Se vuelca en nuestra aventura hacia Marrakech esta ciudad que, con 150 kilómetros de carril bici,  parece estar diseñada para acoger el principio de esta travesía que zarpa de la torre que fuera alminar.

Un paseo, cómo no, a pie desde el Ayuntamiento a la torre que hoy corona el Giraldillo. Evocador. Establecimientos centenarios, la estrechez de la ciudad medieval y los espacios abiertos que tanto asemejan a su hermana almohade en Marruecos.

Nos sentimos pequeños frente a la Giralda y la mano diestra de Jorge. Él quiere saber por cual de ellas se inclinaría Antonio, amante y estudioso de la cultura de Al-Ándalus, a lo que éste contesta:

Cada una de las torres gemelas esconde una singularidad encantadora… por ejemplo, la Kutubía de Marrakech es la madre, pues ella fue la primera en erigirse, y la que asentó una nueva forma de concebir la arquitectura norteafricana.  Se trata también de la más pura, ya que es la única acabada por entero, o sin agregaciones cristianas. Aún así, no hemos de olvidar el interés de las otras dos restantes; en Rabat, la torre Hasán nació con el deseo de ser la más alta del mundo, y ello es de por sí un hecho admirable. Que quedase a medio finalizar no deja de ser un recordatorio indeleble de los límites humanos, así como de su vanidad y supeditación frente al entorno. Por su parte, la Giralda es la más rica artísticamente de las tres, adornada con gracia mediante lacerías y arcos ciegos propios del islam,  se halla también apuntalada con filigranas góticas o renacentistas, según la sensibilidad católica. Es natural pensar en esta torre como una ejemplificación inmejorable de la mixtura cultural de nuestra península, matiz a veces visto como algo peyorativo, pero, se quiera o no, resultado de un legado histórico, el andalusí, difícil de igualar”.

_mg_1510_v2

Salimos por la avenida de Jerez, dejando atrás la Sevilla blanca de las tejas ocres. Los edificios del cuartel de artillería y de Alfonso XIII, abandonados, quedan a nuestra izquierda y su imagen parece anticiparse a lo que nos aguardará más allá del Estrecho, en los últimos vestigios del Protectorado.

Ellos saludan, las chicas sonríen. Ana, Sara, Nadine, Mónica, Sonia y Natalie encaran con fuerza los repechos de las carreteras secundarias, como si cada impulso de sus gemelos fuera una gota de agua sobre este desierto-paisaje, que de cuando en cuando nos alivia con un boceto de tonos verdes por entre la tierra parda.

Algún rebaño pasta al sol a orillas del asfalto, en donde los surcos de lo sembrado encaran hileras de eucaliptus sedientos a todas luces, quizá porque el arroyo que lo acompaña está falto de energía y sus aguas ya no son cristalinas. Al otro lado de la carretera, los campos de algodón señalan el camino de Los Palacios y del humilde pueblo del regadío. Las lomas, bicolores, de tonos marrones, esperan la siembra y pintan la atalaya.

_mg_1513_v2

Arcos de la Frontera se adivina a lo lejos, en la antesala de Espera, la grandeza de sus fortalezas y las reminiscencias pre-romanas de su origen.

La blancura y el azul, sorprendentes. Ya sabe a Cádiz el cielo y el aire.

 

 

Matilde Cabello y Antonio Míguez.

BITÁCORAS.